Manel Loureiro: “Escribir es lo más parecido a la magia negra”

 DSC_0052   Hay personas que tienen la capacidad de contarte cualquier cosa como si fuese una novela. Si esa persona es, además, escritor, puedes asegurar que cualquier viaje que hagas con ella tiene el entretenimiento garantizado. Aunque sea un viaje imaginario a un barco que nunca existió, como el que pasado 25 de abril nos propuso Manel Loureiro.

Loureiro visitó Azuqueca para hablar de su última novela, El último pasajero, un thriller de acción con una buena dosis de terror psicológico. En ella, el autor recrea el viaje del Valkirie, un barco alemán de la época nazi en el que llevan ocurriendo sucesos poco normales desde que fue encontrado a la deriva sin pasaje (excepto un bebé) en los años 40. Con la misma facilidad con la que Loureiro introduce al lector en el ambiente fantasmagórico y lúgubre del Valkirie, los asistentes al encuentro con el autor nos vimos arrastrados a la narración del cómo se hizo esta novela, hechizados por la capacidad para contar del escritor gallego.

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Un fan de la novela ha elaborado lo que hubiera sido el talonario de vacaciones de los pasajeros del Valkirie

Con solo decir que la novela surgió de un montón de casualidades y comenzar a desgranarlas, Loureiro ya se tenía al pasaje de este viaje imaginario en el bolsillo. “Investigando otras cuestiones, topé con los barcos malditos de la época nazi”, explicó Loureiro, quien añadió que la KDF, la organización de la que se habla en la novela, existió realmente y fue bastante novedosa, porque, a través de su lema ‘Fuerza a través de la alegría’, consiguió extender la idea del recreo vacacional como forma de motivación. De ese modo, organizaron viajes y cruceros para nazis de cualquier posición, personas que, de otro modo, no se hubieran podido permitir vacaciones así. La parte más negativa de esta iniciativa tan sorprendente es que “todos los barcos de la KDF tuvieron un final trágico”, señalaba Loureiro, quien añadía el naufragio o el incendio como causas de ese final trágico. El Valkirie, protagonista de la novela, está inspirado en estos barcos nazis: “solo existió en papel, aunque sí existieron sus hermanos”, explicaba el autor. Loureiro describió cómo fue creando el barco en su imaginación, a imagen de los de la KDF, y cómo fue construyéndolo en la mente de los lectores, marcando diferencias y similitudes con el gran barco que todos podríamos tener en la cabeza al imaginarlo: el Titanic.

Pero este hallazgo no fue el único que fue conduciendo a Loureiro hacia el Valkirie y la historia de El último pasajero. “Empezaron a pasar cosas. Yo no creo en las casualidades… pero comenzaron a suceder una serie de acontecimientos que me llevaban al mismo sitio. Era como si algo me estuviera diciendo que tenían que escribir esta novela”, explicaba Loureiro. Entre ellas, que empezó a toparse con libros antiguos, en diferentes puntos del mundo, que tenían el mismo exlibris: un trébol y un lobo. “A mí me fascinaba pensar que había una serie de libros que una vez estuvieron juntos en una biblioteca particular, que después se desperdigaron y que ahora volvían a estar juntos en mi casa. Está claro que en mi libro tenían que aparecer el trébol y el lobo por alguna parte…”, comentaba Loureiro.

Y lo que tenía claro también es que “el protagonista tenía que ser el barco. La historia de los barcos errantes siempre me ha atraído y tengo el convencimiento de que, hoy en día, el mar es nuestra actual última frontera. Yo soy muy racional, pero vengo de la tierra de la Santa Compaña, así que me sentía atraído por esos barcos sin pasaje. Es cierto que el 99 por ciento de esos pasajes desaparecidos puede ser explicado pero… ¿qué pasa con ese uno por ciento?”, se cuestionaba el escritor al tiempo que aseguraba que “los misterios nos atraen porque  nos gusta que nos pongan a prueba y por la satisfacción que sentimos tras resolver el enigma”.IMG_20140425_195118

Además de hablar de su novela y de cómo su trilogía Apocalipsis Z le cambio la vida (“De repente era escritor en vez de abogado”, dijo, al respecto), Manel Loureiro también nos dio una clase de escritura creativa en toda regla. Para empezar, diferenció tres clases de escritores: “los ultra organizados, que llenan la paredes con esquemas en los que incluyen hasta el más mínimo detalle sobre la trama, los personajes, etc.; los impulsivos, que tienen una idea general pero se lanzan a escribir sin saber dónde les llevará el texto y luego están los que se quedan en el término medio, entre los que creo que me incluyo. Y es peligroso no saberlo, porque si no lo sabes…  probablemente estés en alguno de los dos extremos y no lo quieras reconocer. Yo soy organizado, sí, pero también dejo margen a la improvisación”.

“La parte de la documentación es fantástica y escribir también es muy divertido pero es agotador, te vacías. Es lo más parecido a la magia negra que existe: tienes que invocar a todo un universo que no existe, invocar a un montón de personas que tampoco existen, darles vida, que eso funcione y que el lector, que vosotros, lo sintáis. Si no lo sentís, entonces no vale. Pero si empiezas un libro, te agarra por las solapas, sigues y sigues leyendo y de repente miras el reloj y han pasado dos horas y dices ‘¡Han pasado dos horas y no me he enterado!’… eso es magia. Por eso escribir vacía tanto pero por eso vale la pena. Por esa magia”, comentaba, emocionado, un autor que confiesa que en la última fase de escritura se aísla, se encierra en una cabaña donde no le moleste nadie y es capaz de estar allí semana, hasta salir con una barba bastante más frondosa de que la trajo a Azuqueca.IMG_20140425_181504

Loureiro habló de algunos recursos narrativos para crear tensión e intriga (como el cliffhanger, el mcguffin o la  alternancia de historias, “cuyo maestro, hoy en día, es George R.R. Martin, autor de la saga Juego de Tronos“, aseguró) y habló de la teoría de Gozzi de que, en el fondo, solo hay 36 secuencias dramáticas posibles y que, lo demás, son repeticiones o variaciones de una de esas secuencias. Y lo ilustró con un ejemplo: “Imaginad que os hablo de un ser llegado a la tierra con un mensaje de paz y amor, que crea una comunidad de amigos y seguidores, que es perseguido por las autoridades, que muere pero que luego resucita y que, finalmente, sube a los cielos. ¿De quién hablo?”. “De Jesucristo”, afirmamos, seguros, los presentes. “No. Hablo de E.T.”.

Loureiro invitó a los presentes a pensar en lo que mueve a los personajes de las novelas que han leído para mostrar que, en literatura “las emociones humanas son la clave de todo” y, aseguró, que en su novela el motor que mueve a los personajes es la búsqueda de respuestas.

Y aunque no era su intención destripar El último pasajero, varias de las preguntas de las asistentes ahondaron en aspectos muy concretos de la novela, así que acabó aclarando todos los puntos oscuros que pueden quedar tras la lectura. Puntos oscuros como, por ejemplo, (y cuidado, que lo que vamos a comentar ahora pueden ser spoilers, si uno aún no ha leído la novela) qué pinta una familia de polizones judíos en un barco nazi. Loureiro habló del gran éxodo que se produjo entre los años 33 y 37 de judíos que abandonaban Alemania y aseguró que, en ese contexto, no es tan extraño que una familia intentase salir del país como fuese, incluso en un barco nazi. Del mismo modo, explicó que, en el fondo, la novela es una reinvención del mito de Sísifo y que “las maldiciones solo existen si la persona sobre la que recaen cree en ellas” (fin de los spoilers).

A pesar de las preguntas, Loureiro aseguró que no todo tiene respuestas en El último pasajero ya que “me encanta dejar uno o dos cabos sueltos porque en la vida real nunca se encuentran todas las respuestas” y añadió que en cualquier novela “todo tiene que ser como una orquesta, todos los elementos deben tocar al mismo compás”.

Preguntado por el miedo, el autor explicó que “es la sensación mas difícil generar. Asustar es fácil pero dar miedo consiste en ir tejiendo una telaraña con mucha paciencia sin que el lector se entere. Hay que ir creando una atmósfera asfixiante, sin que os deis cuenta. El miedo es una mala hierba que enraíza en tu corazón, que se mete en la parte más primitiva de nuestro cerebro”.

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Respecto a su manera tan visual de narrar, Loureiro la justificó explicando que “es la forma que tengo de contar historias. Al final, todos somos hijos de nuestra generación y yo soy hijo de la televisión. A raíz de lo que vemos, de cómo nos movemos por el mundo y de lo que leemos, interiorizamos una serie de códigos narrativos que luego reproducimos, a veces sin que nos demos cuenta, sin que los utilicemos de forma deliberada. Yo, por ejemplo, soy de la generación del videoclip. Pero luego es verdad que hay una cierta educación cultural y audiovisual y se crea un imaginario colectivo que nos ayuda a completar las historias, a rellenar los huecos que las diferentes narraciones puedan dejar. No hace faltar contarlo todo, porque hay muchas cosas que ya sabemos, por el tiempo en el que vivimos”.

A pesar del éxito cosechado con su Apocalipsis Z (que se sigue traduciendo a más idiomas y que le está llevando, aún hoy, a viajar a países diferentes para presentarlo y promocionarlo), Loureiro confiesa que su propósito es “aprender a contar historias aún mejor”. Dentro de algo más de un año, cuando la novela que ahora escribe salga a la luz, comprobaremos hasta qué punto es capaz de superarse a sí mismo.

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Kirmen Uribe reflexiona en Azuqueca sobre lo que realmente mueve el mundo

Un cercano, generoso a la hora de desvelar los motivos de su obra y encantador Kirmen Uribe fue el encargado de inaugurar, el pasado 20 de febrero, los encuentros con autores del programa cultural LecturArte: el sabor de la literatura y otros placeres. Frente a un nutrido grupo de lectores, el escritor vasco diseccionó a los personajes de Lo que mueve el mundo y habló de su manera de escribir, del proceso de documentación y de cómo conocer a la hija de Robert Mussche, el protagonista de la novela, cambió el rumbo de la obra.

Antes de la charla que tuvo lugar por la tarde, el autor tuvo la oportunidad de intercambiar experiencias de lectura y de vida con cerca de 90 alumnos de los institutos de Azuqueca que acudieron, por la mañana, a su cita con Kirmen Uribe. Tras leer y trabajar Lo que mueve el mundo en clase, los jóvenes departieron con Uribe sobre el contenido del libro, su mensaje, la vida de Robert y, también, sobre la experiencia de escribir o sobre la propia juventud del autor.

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Kirmen Uribe posó con los alumnos y profesores de los institutos azudenses

Ya por la tarde, y antes de la intervención de Uribe, Sandra Yagüe, concejala de Cultura del Ayuntamiento de Azuqueca, abrió oficialmente la programación de LecturArte agradeciendo el trabajo realizado por los trabajadores de la biblioteca a la hora de diseñar y preparar el programa. De igual modo, Yagüe recordó el éxito de participación que alcanzó el Collage Literario celebrado el año pasado, cuyo testigo recoge LecturArte. Finalmente, la concejala agradeció la presencia de los asistentes y valoró su amor por la literatura y la cultura en general: “La cultura sigue creciendo porque le damos de comer, entre otras cosas, participando en eventos como este”, concluyó.

Por su parte, Eva Ortiz, la directora de la Biblioteca Almudena Grandes de Azuqueca de Henares, agradeció que el Ayuntamiento se haya volcado, de nuevo, en la organización de este programa, junto al Ministerio de Cultura: “Si no, sería imposible llevar a cabo iniciativas de este tipo en los tiempos de crisis que estamos viviendo“, señaló.

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Eva Ortiz, Kirmen Uribe y Sandra Yagüe, en la inauguración de LecturArte

Uribe recogió el testigo hablando a los presentes del reto que supuso para él escribir Lo que mueve el mundo, su segunda novela. “Después de ganar el Premio Nacional de Literatura con Bilbao-New York-Bilbao, la segunda novela era un gran examen. Yo había tenido cierto éxito en el pequeño mundo de la poesía y lograba un premio como este con mi primera novela. Después de la vorágine que supuso, decidí parar. No hice como otros, que hubieran aprovechado el tirón del premio para publicar una segunda obra pronto y así apuntalar su trayectoria literaria. Yo sentía que necesitaba tiempo, así que paré. Paré incluso de escribir. Quería encontrar una historia que me llenase antes de comenzar una nueva novela“, recordaba para los lectores asistentes.

Esa historia llegó, como tantas cosas en la vida, de la mano de la casualidad. Lo primero que surgió fue el título: en plena época de crisis comenzó a reflexionar sobre qué es lo que mueve el mundo. ¿La economía? ¿El dinero? ¿El amor? ¿La amistad? ¿La solidaridad? ¿La lucha por un futuro mejor? Justo en aquellos momentos, conoció a un niño de la guerra en Colombia que le pidió que escribiera sobre los niños vascos exiliados durante la Guerra Civil. “Yo me quedé helado, no sabía mucho del tema y ni siquiera se me ocurría cómo abordarlo, porque, al hablar de niños, se corren dos peligros: caer en el paternalismo o en lo naif”, señaló Uribe quien continuó contando que fue un periodista el que le habló de Carmen Mussche. “Organicé un viaje para hablar con ella y yo solo pensaba en lo raro que se me hacía su nombre. ¿Carmen? ¿Carmen… Mussche? ¿Qué hace una Carmen en Bélgica?”. Al conocerla, descubrió toda su historia: era la hija del escritor y traductor Robert Mussche, cuya familia acogió en los años 30 a una niña vasca llamada Karmentxu. De ahí el nombre. Una buena muestra, también, de hasta qué punto cambió la vida de Robert aquel encuentro, aquella niña acogida; una muestra de hasta qué punto la quiso y se quedó dentro de él. Hasta cierto punto, asegura Uribe, el autor ha cerrado el círculo: “la vida de Robert cambió cuando acogió a una niña vasca y la mía lo hizo cuando una mujer belga llamada Carmen, su hija, acogió a este escritor vasco“.

Paralelamente a todos estos sucesos, falleció un amigo de Uribe. “Era un amigo de toda la vida, nos conocíamos desde pequeños, y murió de repente. Recordé que él me había pedido que escribiera sobre un héroe pero a mí aquello de escribir sobre héroes a los que todo les sale bien… no me interesaba. Pero él me corrigió, me dijo que quería que hablar de héroes cotidianos, de esa gente que está metida en ONGs y que ayuda sin pedir nada a cambio. La idea se quedó dentro de mí y, al hablar con Carmen, me di cuenta de que esa era la novela que quería contar a mi amigo, esa era su voz”.

Y eso es, precisamente, Lo que mueve el mundo: la novela, basada en la vida de Robert Mussche y en el proceso de documentación que Uribe llevó a cabo, que el autor cuenta a su amigo, aunque no es hasta el final de la obra cuando uno lo descubre. “La obra tiene tres partes: la primera es como un puzle sin ordenar. Son retazos sueltos en los que se habla de la Guerra Civil, de Carmen, de Karmentxu, de la Segunda Guerra Mundial… pero uno no sabe muy bien dónde anda. Es un poco lo que le ocurrió a Carmen cuando empezó a rescatar los objetos de su padre: va sacando cosas de una caja pero es como un naufragio, no sabe quiénes son las personas que aparecen en las fotografías, ni las que son citadas en los papeles… En la segunda parte, las piezas van encajando, todo es más cronológico y se entiende mejor. Y, finalmente ,en la tercera parte hablo de cómo se hizo la propia novela, de mis reuniones con Carmen, de cómo ella me iba mostrando documentos, cartas, fotos… de su padre, su biblioteca…”.

Esta manera de contar requiere la participación del lector a la hora de construir el significado de la novela, tal y como remarcó Uribe. “Mi lector es un lector activo. Hay muchos hilos invisibles y uniones entre los diferentes fragmentos de la novela que el lector tiene que ir atando. Eso me gusta mucho. El lector de mis novelas se involucra. Debe reconstruir lo que le ofrezco en el texto e, incluso, rellenar los huecos que quedan vacíos”, señaló.

En este sentido, y aludiendo a las numerosas citas que se incluyen en Lo que mueve el mundo, Uribe también explicó que concibe su obra como una novela pero también como una serie de ventanas abiertas: “yo dejó ahí pensamientos, citas, reflexiones, autores… y luego el lector puede consultar esas referencias, continuar su lectura, descubrir nuevas obras. Una obra te lleva a otra y a otra y a otra…“.

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Hablando de esa labor de reconstrucción que Carmen hizo respecto a su padre, Uribe enfatizó ante los presentes que le interesaba muchísimo ese proceso de conocimiento y de perdón de Carmen hacia Robert. “Sí, se alistó a la resistencia contra los nazis y ayudó a salvar el mundo, sí… pero yo me quedé sin padre. ¿Por qué quiso salvar al mundo en vez de salvarnos a nosotras?“, cuenta Uribe que se cuestionaba Carmen. Por eso, pasó años y años sin acercarse a lo que Robert fue. Es verdad que su madre intentó llenar el hueco que había dejado el padre y quiso en todo momento que Carmen fuera consciente de lo que Robert fue y de lo que hizo pero para Carmen la herida de haber crecido sin padre continuaba abierta. No fue hasta que empezó a reconstruir la biblioteca cuando comenzó a conocer a su padre, a valorar su forma de ser y de entender la vida, con ese idealismo (“era idealista incluso con un punto de exceso de inocencia”, remarcó Uribe en la charla) que tan bien refleja Lo que mueve el mundo. “Al recomponer la biblioteca de su padre, entró en diálogo con él y sus heridas comenzaron a sanar. Tuvo que utilizar la memoria para empezar a olvidar. Y eso me interesaba muchísimo”, explicó el autor.

Gracias a los documentos que Carmen rescató para él, Uribe pudo ir construyendo la faceta más real de la historia y reconstruir lo que pudo ser esa parte de la vida de Robert de la que no quedan testigos. Estas dos dimensiones quedan bien reflejadas en la novela a través de un cambio en el uso de los tiempos verbales: los tiempos pretéritos hablan de datos, de hechos contrastados: del exilio de los niños vascos, de la guerra, sus víctimas, de lo que Robert hizo y queda constancia de ello. Frente a esta dimensión histórica, la parte narrada en presente es una reconstrucción de lo que pudo haber vivido, sentido y pensado Robert, basada en todos los documentos consultados por Uribe. “Quería hacer un contraste entre los datos fríos y la vida. Me imaginé cómo habría vivido, qué habría sentido Robert. Es mi lectura sobre lo que ocurrió o sobre lo que pudo haber ocurrido. Pero Carmen tendrá otra y el hijo de Herman, el amigo de Robert, tendrá otra diferente”, explicó el autor quien añadió que precisamente esta parte, la parte imaginada, es la que más difícil le resultó de escribir pero, en cambio, es la más gratificante para él.

Sobre el proceso de escribir, Uribe comparó el camino que supone elaborar una novela con el trabajo de un detective: “a medida que vas pensando o documentándote, vas hallando pistas y vas tirando del hilo y unas pistas te conducen a otras… y acabas con el material de la novela en tus manos. El proceso de escribir una novela es muy interesante, pero también muy divertido, muy enriquecedor”. Aunque habló en Azuqueca de su etapa como novelista, Uribe también escribe poesía, así que analizó para los presentes las distintas formas de crear un texto narrativo o uno poético: “son muy diferentes. Escribir poesía es una experiencia muy intensa, es como un chispazo. Sin embargo, escribir una novela es algo muy físico, es casi como un trabajo, hay que hacerlo a diario, requiere una constancia. En cualquier caso, me gusta introducir la  poesía en la narrativa, me parece que le da un punto diferente, un punto de calidad. El cine también es muy poético, hace poesía con imágenes, y a mí me interesa mucho el mundo del cine. Además, la poesía le da ritmo. La prosa también tiene que tener música, si no tienes en cuenta esto y haces un párrafo demasiado largo, la historia se cae y acabas aburriendo al lector. Y la poesía está hecha con muchos silencios, tiene muchos saltos, muchas elipsis… y eso me ha ayudado también a organizar la novela. Es muy bonito llevar esa manera de ordenar mediante repeticiones, paralelismos, analogías… que tiene la poesía a la novela. Le da un toque diferente”.

krY se nota en la novela, se nota este toque poético, esa dimensión estética que Kirmen Uribe deja como una huella personal en todo lo que escribe. Quizá sin ese toque, la historia de Karmentxu y la de todos los niños exiliados hubiera sido más dura. Quizá esa doble ruptura que tuvieron que vivir (primero, separarse de sus padres biológicos sin saber dónde irían a parar y, segundo, una vez asentados ya en otra familia que les quiere como a hijos propios, volver a romper esos vínculos para regresar a su tierra) hubiera caído en lo patético, en lo lacrimógeno. Quizá sin ese toque poético, los personajes no hubiera sido tan creíbles, verosimilitud a la que contribuye, también, el hecho de hablar de personas reales, que vivieron y sintieron; que fueron carne y hueso y como tal se sienten en la novela.  Quizá sin ese toque poético no hubiera tenido sentido hablar de la amistad como habla el autor en Lo que mueve el mundo: utilizando la relación de Robert y Herman para reconstruir su propia amistad con el amigo fallecido y para extrapolar sentimientos y experiencias a la amistad en general, a la que cada uno de nosotros pueda haber vivido. Quizá sin esa poesía, no hubiera quedado tan claro que Uribe muestra cómo vivió una víctima de la Segunda Guerra Mundial. Una de las miles y miles y miles de víctimas que hubo. Y todas tenían sus vidas. Como Robert. Pero, desde luego, sin esa poesía, no hubiera sido una novela de Kirmen Uribe. No hubiera sido una obra de Kirmen Uribe. Porque Uribe es poesía y así lo demostró con el broche final de la charla: estos Lunares que dedicó a su mujer en su momento y que regaló a sus lectores de Azuqueca.